Emilio Navalón Ramon,
Esperanza Martínez Ruiz,
Paloma Muñoz Jaramillo.
RESUMEN
La enfermedad meningocócica es una enfermedad contagiosa
causada por la bacteria gramnegativa Neisseria meningitidis
o meningococo. Los pacientes con enfermedad meningocócica
invasora pueden mostrar un amplio espectro de
presentaciones clínicas, entre las que se encuentra la púrpura
fulminante meningocócica, con una elevada morbimortalidad.
Presentamos el caso de un niño de 13 años afecto de
púrpura fulminante meningocócica que presentó una osteomielitis
hematógena en el contexto del cuadro de coagulación
intravascular diseminada.
Palabras claves: Enfermedad meningocócica. Meningococemia.
Púrpura fulminante. Coagulación intravascular
diseminada. Osteomielitis. Pediatría.
ABSTRACT
Meningococcal disease is a contagious disease caused by
the Gram-negative bacteria Neisseria meningitidis, or meningococcus.Patients with invasive meningococcal disease can
present a wide spectrum of clinical manifestations, among
which are meningococcal purpura fulminans, which has high
rates of morbidity and mortality.
We present the case of a 13 year-old child with meningococcal
purpura fulminans who presented hematogenous osteomyelitis
in the context of a clinical picture of disseminated
intravascular coagulation.
Key Words: Meningococcal disease. Meningococcemia.
Purpura fulminans. Disseminated intravascular coagulation
Osteomyelitis. Pediatrics.
INTRODUCCIÓN
La enfermedad meningocócica es una enfermedad
contagiosa causada por la bacteria gramnegativa Neisseria
meningitidis o meningococo. Los pacientes con
enfermedad meningocócica invasora (EMI), dependiendo
de la secuencia de acontecimientos fisiopatológicos
y de otros factores que dependen del meningococo
y del huésped, pueden mostrar un amplio espectro
de presentaciones clínicas: a) bacteriemia sin shock
(bacteriemia aguda oculta), b) bacteriemia con shock
sin meningitis (meningococemia fulminante), c) shock
y meningitis, d) meningitis y e) meningococemia crónica
benigna(1). La meningococemia fulminante o púrpura
fulminante meningocócica (PFM) ocasiona una elevada
morbilidad y mortalidad en niños y adultos a pesar
de un tratamiento antibiótico y soporte vital adecuados.
Esta enfermedad ocasiona coagulación intravascular
diseminada (CID) y compromiso vascular distal grave,
con trombosis microvascular, hipoperfusión tisular y
fracaso multiorgánico(2). La meningococemia es menos
frecuente que la meningitis, pero entre un 10 y un 30%
de los pacientes con enfermedad meningocócica tienen
meningococemia sin meningitis(1). La meningococemia
se caracteriza por el hallazgo de hemocultivos positivos
para Neisseria meningitidis junto a una respuesta inflamatoria
sistémica exagerada(2).
CASO CLÍNICO
Presentamos el caso de un varón de 13 años de
edad que fue ingresado tras presentar clínica de 16 horas
de evolución que se inició con escalofríos intensos
y malestar general, sin dolor. Más tarde apareció fiebre
y dos vómitos, por lo que recibió tratamiento con paracetamol
y domperidona. Continuó con fiebre y a las 15
horas de iniciado el cuadro, presentó mareo, pérdida de
la conciencia durante unos segundos, encontrándolo la
familia con coloración cianótica y manchas en la piel.
Sus antecedentes personales patológicos no revestían
interés clínico. El embarazo fue controlado sin patología
y el parto, eutócico. Pesó al nacimiento 3230 g.
Recibió lactancia materna durante 8 meses y tuvo un
desarrollo psicomotor normal.
En la exploración se objetivó un peso de 49,1 Kg
y una talla de 155 cm. La frecuencia cardiaca era de
100 pulsaciones por minuto, la temperatura rectal de
39ºC, la tensión arterial de 82/54 mmHg y la saturación
de oxígeno del 98%. Presentaba un mal estado general
y estaba conciente y orientado, aunque obnubilado. Se
constató cianosis periférica y púrpura en cara, cuello,
tronco y extremidades (Fig. 1 y 2). La respiración se
presentaba con una ligera polipnea. La auscultación
cardiopulmonar y la exploración abdominal eran normales.
No había edemas periféricos ni rigidez de nuca.
El hemograma mostró recuento de leucocitos de
3600x10^9/L, con 86% de neutrófilos y 13% de linfocitos.
El recuento de plaquetas era de 115000/μL. El estudio
de la coagulación mostró un índice de Quick del
21%, un dímero D de 11746 ng/mL y un fibrinógeno de
139 mg/dL. En la bioquímica básica destacaba urea de
56 mg/dL, creatinina de 2,5 mg/dL, aminotransferasa
de alanina de 74 U/L y creatina cinasa de 1996 U/L,
siendo el resto normal. La proteína C reactiva era de 55
mg/dL. La gasometría arterial mostró un pH de 7,21. El
estudio bioquímico del líquido cefalorraquídeo (LCR)
era normal, mientras que el recuento de hematíes y de
leucocitos daba unas cifras de 16/mL y 22/mL (18 polimorfonucleares
y 4 monocitos) respectivamente. En
el hemocultivo realizado en el momento del ingreso se
aisló Neisseria meningitidis (serogrupo C). El electrocardiograma,
el ecocardiograma y la radiografía de tórax
fueron normales.
Con el diagnóstico de púrpura fulminante por
sepsis meningocócica sin meningitis clínica, pasó a la
unidad de cuidados intensivos (UCI), donde se inició
tratamiento con cefotaxima, teicoplanina, proteína C
activada y corticoides. Durante su estancia en la UCI
presentó las siguientes complicaciones: a) shock, que
requirió gran cantidad de sobrecargas volumétricas y
drogas vasoactivas (dopamina y noradrenalina), con lo
que progresivamente fue mejorando la situación que se
corrigió en 3 días; b) disfunción renal, que se corrigió
rápidamente con la reposición de volumen; c) coagulopatía
de consumo, que requirió la transfusión de 2
unidades de plasma, con lo que se normalizaron los
tiempos de coagulación. No sufrió hemorragias; d) púrpura
fulminante, que se extendió durante las primeras
horas del ingreso, pero que después quedó delimitada;
y e) insuficiencia respiratoria leve, probablemente en
relación con un aumento de la permeabilidad vascular
por la sepsis y por el importante aporte de fluidos, lo
que produjo un aumento del líquido extravascular pulmonar.
A su salida de la UCI para ingresar en planta, quedaron
como secuelas lesiones purpúricas necróticas en
tronco y extremidades, destacando una lesión ulcerada
profunda en el glúteo izquierdo y lesiones isquemiconecróticas
en el extremo distal del quinto dedo de
ambos pies. Fuera de la UCI mantuvo picos febriles
precedidos de escalofríos sin focalidad aparente y sin
respuesta a cefotaxima y teicoplanina durante los 15
días siguientes y a pesar del aislamiento, en múltiples
cultivos de exudados de las lesiones cutáneas, de estafilococos
coagulasa negativos y enterococos sensibles
a estos antibióticos. Analíticamente destacaba una ane-


mia con una hemoglobina de 10,5 g/dL.
Se enfocó el caso como síndrome de fiebre de origen
desconocido en probable relación con sepsis nosocomial,
con accesos bacteriémicos.
Considerando el
aislamiento del enterococo en la lesión cutánea o bien
una complicación endocárdica de origen meningocócico,
se realizó un ecocardiograma de control a los 15
días de evolución, sin hallazgos sugerentes de endocarditis.
Se descartó un foco séptico de planos profundos
en el glúteo por ecografía, así como abscesos suprarrenales
o retroperitoneales en una tomografía axial computerizada
(TAC) abdominopélvica. Tanto en esta TAC
como en una resonancia nuclear magnética craneal y de
raquis no hubo hallazgos que justificasen la fiebre. Se
decidió la supresión del tratamiento con teicoplanina
y cefotaxima después de 20 días de tratamiento y no
hubo cambios en el patrón febril, por lo que se descartó
fiebre de origen farmacológico.
Se tomaron 3 hemocultivos
seriados a las 48 horas de dicha supresión, con
resultados negativos y se inició tratamiento empírico
con imipenem, fundamentado en que con los tratamientos
previamente empleados, muy probablemente no se
había cubierto suficientemente algunos bacilos gramnegativos
intrahospitalarios o de crecimiento insidioso
(grupo HACEK), ni tampoco la flora anaerobia o
microaerófila.
La puerta de entrada podría hallarse en
las múltiples lesiones cutáneas y el foco de acantonamiento
podría ser óseo, en las lesiones necróticas de los
extremos distales del quinto dedo de ambos pies (Fig.
3), en el contexto de infartos sépticos acaecidos durante
la CID meningocócica. Asimismo se procedió a la cura
y retirada de esfacelos de las lesiones de los dedos.
La
respuesta al imipenem, aunque parcial, fue significativa,
observándose que los accesos bacteriémicos cesaron,
aunque persistía una febrícula continua que nunca
superó los 38ºC y se apreció mejoría del estado general
y de la anemia. Este hecho reforzó la hipótesis antes referida.
La remisión incompleta de la fiebre se atribuyó
a una difusión inadecuada del imipenem al foco séptico

y necrótico.
Reinterrogando al paciente recordó que, pocos días
después de su salida de la UCI, sentía molestias en la
región pretibial derecha, dato que corroboró enfermería,
llamándole la atención las molestias a dicho nivel
durante las curas, sin que existieran lesiones cutáneas
en esta zona, aunque entonces fue relacionado con la
convalecencia del grave cuadro infeccioso del que estaba
saliendo.
No obstante y ante la persistencia del cuadro
febril, este dato cobró una relevancia fundamental.
Considerando entonces firmemente la sospecha de
osteomielitis, se solicitó una gammagrafía ósea y una
radiografía de tibias (Fig. 4) y pies, con lo que se confirmaron
signos de osteomielitis extensa en ambas diáfisis
tibiales, en el quinto metatarsiano del pie izquierdo
y necrosis de la falange distal del quinto dedo del pie
derecho. Por la gammagrafía existían dudas en el hueso
iliaco y en la epífisis proximal del cúbito izquierdo, sin
existir focos de captación en el raquis ni en el cráneo.
Ante el hallazgo radiológico y gammagráfico y
en espera del curetaje de las lesiones, se tomó una vía
central, asociando clindamicina intravenosa (IV) al tratamiento
con imipenem. A las 24 horas se apreció una
normalización completa de la curva de temperatura,
dato que apoyó la hipótesis de que se hallaban implicados
en el foco gérmenes anaerobios, posiblemente flora
mixta, pues si hubiesen sido cocos grampositivos, se
hubiera apreciado respuesta con el tratamiento previo
con teicoplanina, que además difunde bien en el hueso.
Se procedió al curetaje de las lesiones más extensas,
las tibiales, obteniéndose muestras para cultivos en
medios habituales, para hongos y para micobacterias,
con el procesamiento inmediato de las mismas para

anaerobios, siendo negativos. Precisó una transfusión
de 2 unidades de hematíes tras el procedimiento quirúrgico,
asociándose ferroterapia oral, profilaxis tromboembólica
y rehabilitación sin carga.
A los 8 días de terapia efectiva se hizo una nueva
cura con retirada de los esfacelos de los dedos de los
pies, presentando esa tarde una temperatura de 38ºC,
sin escalofríos ni repercusión clínica.
Se tomaron hemocultivos
de las tres luces de la vía central y se programaron
hemocultivos seriados en caso de reaparición de
la fiebre, con procesamiento expreso para medios habituales
y hongos, que resultaron negativos. Ni la radiografía
de tórax ni la de tibias y pies mostró cambios. Se
mantuvo el mismo tratamiento y los picos vespertinos
de 38ºC sin escalofríos y con buena tolerancia se sucedieron,
por lo que se realizó un nuevo curetaje y fresado
de las lesiones en las tibias, procesándose nuevamente
para cultivo las muestras obtenidas. Precisó otra transfusión
de 2 unidades de hematíes. Una vez retirada la
analgesia se observó persistencia de la febrícula.
No se
apreciaron cambios significativos en las radiografías de
pies, codo izquierdo y pelvis. Se retiró el imipenem tras
4 semanas de tratamiento, ante la posibilidad de fiebre
por fármacos, pero manteniendo la clindamicina IV, sin
remisión de la febrícula. Se realizó ecografía Doppler
de miembros inferiores, descartándose trombosis venosa
profunda. A los 18 días de su colocación, se retiró
la vía central, cultivándose las puntas del catéter y
manteniendo la clindamicina IV por vía periférica. Fue
entonces cuando la febrícula remitió. Ante la evolución
a mejoría y después de mantener 5 semanas de tratamiento,
se dio el alta tras 58 días de hospitalización,
siendo controlado en consultas externas.
DISCUSIÓN
La enfermedad meningocócica es una infección
sistémica causada por el diplococo gramnegativo aerobio
Neisseria meningitidis. Se conocen más de 30
serogrupos, pero sólo 6 de ellos (A, B, C, Y, W-135 y,
recientemente, X) se asocian con potencial patogénico
significativo(3) y, de hecho, son los responsables de más
del 90% de los casos de infección meningocócica en
el mundo.
El único reservorio del meningococo es la
nasofaringe humana y la transmisión se produce de persona
a persona, a través de las secreciones respiratorias.
Cuando Neisseria meningitidis alcanza a una persona,
coloniza su nasofaringe y el individuo queda como
portador asintomático, situación en la que puede permanecer
durante varios meses. La tasa de portadores
sanos es variable (8-20%)(3). Una vez el meningococo
ha colonizado las vías aéreas superiores, puede pasar a
la sangre a través de la mucosa y es entonces cuando
se produce la EMI. Los factores de riesgo relacionados
con el paso de la bacteria a sangre —y, por tanto, con
la EMI— que se han identificado hasta el momento son
la exposición al humo del tabaco, la infección respiratoria
por virus Influenza, el hacinamiento, el bajo nivel
socioeconómico, defectos del sistema inmune (déficit
congénito de los componentes del complemento C5 a
C9, déficit de properdina, asplenia funcional o anatómica,
infección por VIH) y soluciones de continuidad
de la mucosa respiratoria(4,5). Una vez la bacteria alcanza
el torrente circulatorio, si su ritmo de multiplicación
es bajo causa infecciones localizadas, como meningitis,
artritis, pericarditis, celulitis, endoftalmitis, conjuntivitis,
neumonía, sialoadenitis, anexitis, enfermedad pélvica
inflamatoria(1), epiglotitis(6), peritonitis(7) o uretritis(8).
Si por el contrario Neisseria meningitidis se multiplica
rápidamente, causa meningococemia. De hecho, se han
relacionado los niveles elevados de endotoxina circulante
con la presencia de meningococemia sin meningitis(
9). Asimismo, la ausencia de signos meníngeos en
un paciente con meningococemia es un signo de mal
pronóstico. Se ha sugerido que ello es debido a que la
bacteria se multiplica tan rápidamente en la sangre que
no da tiempo a que se produzca la siembra en las meninges
ni la inflamación de éstas.
La meningococemia cursa con un inicio brusco,
con fiebre, escalofríos, náuseas, vómitos, sensibilidad
muscular y una erupción petequial o purpúrica, todo
ello acompañado de mal estado general. A menudo
progresa a PFM y se asocia con un cuadro de inicio
rápido consistente en hipotensión, CID, hemorragia
suprarrenal aguda (síndrome de Waterhouse-Friderichsen)
y fallo multiorgánico. La manifestación clínica
más característica es la erupción petequial o purpúrica.
Son irregulares y en ocasiones, elevadas, algunas con
el centro vesicular gris pálido. Habitualmente se localizan
en el tronco y en las extremidades, pero pueden
aparecer en las mucosas, las plantas de los pies, las palmas
de las manos y en la cabeza.
Las petequias pueden
llegar a fusionarse en bullas hemorrágicas o también,
ulcerarse. Los pacientes con coagulopatía severa pueden
desarrollar isquemia en las extremidades o en los
dedos. Sin tratamiento, el 70-90% de los pacientes con
EMI morían. El uso de antibióticos redujo la mortalidad
al 9-12%, aunque ésta es superior al 40% entre los
pacientes con PFM(2). La sospecha clínica rápida por
parte de la familia y del personal sanitario, el tratamiento
antibiótico prehospitalario, el traslado rápido al hospital,
la estabilización en una UCI y la aplicación urgente
de tratamiento pueden reducir la morbilidad y la
mortalidad individual. Sin embargo, la mortalidad total
en países desarrollados se ha estabilizado en aproximadamente
el 10% en las últimas décadas, ya que muchos
pacientes fallecen por shock séptico fulminante(3). El
deterioro clínico es importante y aproximadamente la
mitad de los pacientes que mueren lo hacen antes de 24
horas desde el inicio de los síntomas(9).
Los signos de mal pronóstico de la meningococemia son: presencia
de shock, erupción equimótica o purpúrica, recuento
normal de leucocitos o leucopenia, edad superior a 60
años, coma, ausencia de meningitis, trombocitopenia,
velocidad de sedimentación baja, anemia y concentraciones
bajas en sangre de antitrombina o de proteínas
S y C(5). Las secuelas de la meningococemia incluyen
pérdida de miembros, pérdida de dedos, necrosis cutáneas,
musculares (llegando en este caso incluso a insuficiencia
renal aguda por la mioglobinuria(9)) y óseas.
La osteonecrosis como secuela de meningococemia
y CID es una complicación conocida pero rara(10),
y su aparición puede ser aguda (en el contexto del cuadro
clínico) o aparecer a largo plazo. Con frecuencia es
sub-diagnosticada y por lo tanto no suele considerarse a
la hora de establecer tratamiento específico temprano o
a la de mantener vigilancia de su aparición en protocolos
de seguimiento en pacientes que han padecido una
meningococemia o PFM.
En nuestro caso fue la anamnesis realizada de forma
meticulosa al paciente y personal de enfermería que
lo atendía, lo que hizo considerar el diagnóstico que
se confirmó mediante gammagrafía ósea.
La patogenia
de la necrosis se considera una mezcla entre factores
inflamatorios (osteomielitis aguda) e isquemia tisular
secundaria a la CID. No se aisló ningún germen en los
cultivos realizados en el material del curetaje probablemente
por la politerapia antibiótica que estaba recibiendo
el paciente, aunque la limpieza del hueso afecto
determinó una buena evolución clínica del enfermo.
Consideramos que esta experiencia clínica junto
con los pocos casos publicados deberían hacernos considerar
sobre todo a los pediatras, médicos intensivistas
u ortopedas infantiles, el diagnóstico de osteonecrosis/
osteomielitis como una complicación cuya importancia
radica no sólo en el momento de la grave enfermedad,
sino también como una causa que puede hacer que estos
pacientes sean subsidiarios a largo plazo de seguimiento
específico por parte de ortopedas y traumatólogos.
Aunque el diagnóstico definitivo de la EMI está
basado en el aislamiento del germen en fluidos corporales
estériles en condiciones normales, el diagnóstico
rápido de la PFM y el reconocimiento del inminente
deterioro clínico es crucial.
Este diagnóstico temprano
es extremadamente difícil y requiere un alto grado de
sospecha clínica. En estadios iniciales, los síntomas y
signos clínicos son muy confusos o inespecíficos y el
examen de LCR, incluyendo la tinción de Gram, puede
no ser concluyente. En cambio, en fases más tardías,
cuando ya se han establecido las lesiones cutáneas hemorrágicas
características es más sencillo reconocer la
enfermedad. El diagnóstico bacteriológico rápido en
pacientes con meningococemia es posible con una tinción
Gram de biopsia de las áreas afectadas de la piel
o de LCR. De hecho, el tratamiento antibiótico previo,
puede enmascarar la identificación de la bacteria en hemocultivos
y cultivos de LCR, pero no en los de biopsias
de lesiones cutáneas. Otros métodos que no están
influidos por la antibioterapia previa son la detección
de antígenos o el análisis mediante reacción en cadena
de la polimerasa, que permite la detección específica
del ácido desoxirribonucleico de los diferentes serogrupos
de Neisseria meningitidis.
Como se ha dicho, la supervivencia de pacientes
con PFM apenas ha aumentado en las últimas décadas
a pesar de las mejorías en las UCI. La velocidad y la
severidad del deterioro clínico de los pacientes con
PFM obliga a una terapia intensiva. Debido a la falta
de buenos estudios clínicos, gran parte de esta terapia
está muy controvertida y, así, el uso de glucocorticoides,
el plasma fresco congelado, el recambio plasmático
y otras terapias inmunomoduladoras está sujetas
a debate.
Donde sí existe consenso general es en dos
aspectos: i) el tratamiento nunca debe ser retrasado por
procedimientos diagnósticos, y ii) los antibióticos son
la piedra angular del tratamiento. De manera que, ante
la sospecha clínica de EMI, debe iniciarse un tratamiento
empírico con ceftriaxona o cefotaxima. Una vez
hecho el diagnóstico bacteriológico, se puede cambiar
a un antibiótico más específico, para lo que la penicilina
G, la ampicilina, la amoxicilina, el cloranfenicol, la
cefotaxima y la ceftriaxona son buenas alternativas(11).
Quienes presentan una PFM necesitan tratamiento de
soporte intensivo, que incluye reanimación enérgica
con líquidos, ventilación y vasopresores y se pueden
beneficiar de tratamiento con plasma fresco congelado,
glucocorticoides y proteína C activada.
Los contactos con pacientes afectos de EMI presentan
un riesgo elevado de contraer la infección. Por lo
tanto, la quimioprofilaxis es necesaria para prevenir la
expansión de Neisseria meningitidis, sobre todo en los
primeros días de evolución de la enfermedad en el caso
índice y por ello debe ser iniciada cuanto antes y siempre
antes de 14 días. La droga de elección es la rifampicina
(5 mg/Kg de peso cada 12 h durante 2 días en niños
menores de 1 mes; 10 mg/Kg de peso cada 12 h durante
2 días en niños mayores de 1 mes; y 600 mg cada 12 h
durante 2 días en adultos), pero el ciprofloxacino (500
mg en dosis única y no indicada en niños) y la ceftriaxona
(125 mg por vía intramuscular (IM) en dosis única
en menores de 15 años y 250 mg IM en dosis única en
mayores de 15 años) son alternativas válidas(9).
Hay dos tipos de vacunas antimeningocócicas. La
vacuna conjugada contra el serotipo C del meningococo
está incluida en el calendario vacunal a los 2 meses
de edad y sólo protege frente a este serotipo. La vacuna
tetravalente de polisacáridos del meningococo inmuniza
contra los serogrupos A, C, W-135 e Y pero no
contra el B.
Se recomienda su administración de rutina
a niños de 11 a 12 años y a adolescentes de 15 años —que no la hayan recibido — antes de iniciar la educación
secundaria. También está indicada en personas con
riesgo aumentado de EMI: estudiantes universitarios de
primer curso que convivan en dormitorios, reclutas, microbiólogos
expuestos a Neisseria meningitidis, personas
con asplenia funcional o anatómica, individuos con
deficiencias de los últimos factores del complemento,
viajeros a países donde Neisseria meningitidis es hiperendémico
o epidémico, como el África subsahariana o
Arabia Saudí y pacientes con HIV(12).
AGRADECIMIENTOS
Al doctor Rafael Calabuig Nadal, por la realización
y tratamiento de parte de las fotografías.
REFERENCIAS
1. Manchanda V, Gupta S, Bhalla P. Meningococcal
disease: history, epidemiology, pathogenesis, clinical
manifestations, diagnosis, antimicrobial susceptibility
and prevention. Indian J Med Microbiol.
2006;24:7-19.
2. Rosenstein NE, Perkins BA, Stephens DS, Popovic
T, Hughes JM. Meningococcal disease. N Engl J
Med. 2003;344:1378-388.
3. Stephens DS. Conquering the meningococcus.
FEMS Microbiol Rev. 2007;31:3-14.
4. Soult Rubio JA, Muñoz Sáez M. Enfermedad meningocócica
invasora. An Pediatr (Barc). 2005;62:297-
303.
5. Johri S, Gorthi SP, Anand AC. Meningococcal meningitis.
MJAFI. 2005;61:369-74.
6. Crausman RS, Pluss WT, Jennings CA. Acute epiglottitis
in the adult caused by Neisseria meningitidis.
Scand J Infect Dis. 1995;27:77-78.
7. Bar-Meir S, Chojki er M, Groszmann RJ, Atterbury
CE, Conn HO. Spontaneous meningococcal
peritonitis: a report of two cases. Am J Dig Dis
1978;23:119-22.
8. Kanemitsu N, Hayashi I, Satoh N, Hayakawa T,
Mitsuya H, Hayase Y, et al. Acute urethritis caused
by Neisseria meningitidis. Int J Urol. 2003;10:346-
47.
9. Van Deuren M, Brandtzaeg P, Van der Meer JW.
Update on meningococcal disease with emphasis on
pathogenesis and clinical management. Clin Microbiol
Rev. 2000;13:144-66.
10. Campbell WN, Joshi M, Sileo D. Osteonecrosis
following meningococcemia and disseminated intravascular
coagulation in an adult: case report and
review. Clin Infect Dis. 1997;24:452-55.
11. Almeida-González L, Franco-Paredes C, Pérez LF,
Santos-Preciado JI. Enfermedad por meningococo,
Neisseria meningitidis: perspectiva epidemiológica,
clínica y preventiva. Salud Publica Mex.
2004;46:438-50.
12. Kimmel SR. Prevention of meningococcal disease.
Am Fam Physician. 2005;72:2049-5