PEDIATRÍA
Órgano Oficial de la Sociedad Paraguaya de Pediatría

Volumen 29 - Número 2 (Julio - Diciembre 2002)
ISSN 1683-9803

 

Artículo Especial
Programa de Salud de la Familia: Una crítica necesaria

En el marco del 8º Congreso de Pediatría de la SPP realizado entre el 19 y 23 de octubre del 2002 en Asunción, se llevó a cabo la reunión de Presidentes de Sociedades de Pediatría del Cono Sur, a la que asistieron: Dr. Daniel Beltramino (Argentina), Dr. Lincoln M. Silveira Freire (Brasil), Dr. Adalid Zamora (Bolivia), Dr. Fernando Pinto Laso (Chile), Prof. Dra. Lidia Garcete de Agüero, Dra. Aída Galeano (Paraguay) y la Dra. Virginia Méndez (Uruguay); quienes establecieron como prioridad la discusión sobre el rol del Pediatra en el primer nivel de atención y la sustitución del Pediatra por médicos generalistas en la atención del niño/a, adolescente. En base a dicha reunión, se decidió la publicación de este artículo en las revistas de las Sociedades Científicas del Cono Sur.

El área de salud de los países en vías de desarrollo, por la naturaleza dramática de los problemas que acarrea, ha sido blanco preferencial de programas y estrategias que, combinando simplificación de procedimientos y reducción de costos, pretenden suplir deficiencias en la atención de las clases menos favorecidas de la sociedad.

El ejemplo más actual es el Programa de Salud de la Familia, que surge como una alternativa para asegurar cobertura asistencial y preventiva a los grupos poblacionales que ocupan un lugar marginal en relación al derecho a cuidados sanitarios.

La modalidad de los servicios prestados por los programas de Salud de la Familia que vienen siendo implementados en América Latina no es una novedad ni es de concepción innovadora.

Experiencias similares ya fueron practicadas en el pasado y su versión regional incorpora la doctrina de programas desarrollados en otros países, adaptándolos a las condiciones sanitarias locales.

No se puede negar que los Programas de Salud de la Familia han tenido el gran mérito de hacer llegar la atención primaria a poblaciones que hasta entonces no tenían acceso a tales cuidados. No se puede negar tampoco, su loable preocupación de valorizar a los profesionales involucrados, mediante una remuneración salarial digna. Se impone, por lo tanto, una discusión más amplia que permita romper posiciones nítidamente fundamentalistas defendidas por los coordinadores
de aquellos programas que, al no aceptar cualquier cambio, cualquier modificación en la planificación, ponen en riesgo el éxito de una estrategia cuyo valor social es incuestionable.
No cabe duda, por ejemplo, de que un médico de familia no tenga condiciones ni reúna conocimientos para proveer una atención calificada -aunque a nivel primario- a todos los grupos etarios de la población.

Su capacidad de resolver problemas en un universo de límites tan extremos es restringida. Y, en la fase actual de desarrollo de la ciencia médica, no hay lugar para un super-médico. Por ello, el objetivo de aumentar la capacidad de resolver los problemas de salud de la población a través de los equipos de los programas de Salud de la Familia es, como mínimo, pasible de crítica. No pueden esos programas prescindir de la participación activa y efectiva de los médicos formados en las áreas básicas, si pretenden afianzarse como alternativa seria para el acceso de la población
a los cuidados sanitarios a que tienen derecho.

En países como los latinoamericanos, cerca de la mitad de los habitantes pertenecen al grupo etario de la infancia y adolescencia, es decir, los períodos de vida marcados por el crecimiento y desarrollo. Las necesidades nutricionales, afectivas, sicológicas y educativas de ese gran contingente poblacional son específicas y singulares, como específicos y singulares
son los cuidados de salud, el diagnóstico y tratamiento de sus patologías. Es más, de esta percepción científicamente sustentada surgió la Pediatría, no como una especialidad médica, sino como un dominio de conocimientos que hacen a la medicina del niño y del adolescente.

Un área de acción médica cuyo ejercicio involucra acciones educativas, preventivas, diagnósticas y terapéuticas en igual proporción, dentro de la estructura familiar.

Por ello, excluir al Pediatra de la dinámica de funcionamiento de Programa de Salud de la Familia es un error grosero que trae de vuelta un pasado remoto en que el niño era considerado como miniatura del adulto y, de esa manera, evaluado en sus necesidades de salud, por los médicos de adultos. Si no fuese una equivocación elemental, sería un enorme
retroceso.

Aún queda por considerar el hecho de que las familias socialmente bien posicionadas tienen pleno acceso a la atención pediátrica para sus hijos; y hacen uso de ella. Así, bajo la excusa de simplificar procedimientos y humanizar la atención de la salud, el Programa de Salud de la

Familia niega a los niños de familia menos favorecida el derecho a la atención por un médico pediatra, privilegio éste que los ricos tienen.

Se trata de una práctica que nada tiene que ver con la equidad que los coordinadores del programa tanto pregonan.

Sin visión doctrinaria ni fundamentos doctrinarios, los Programas de Salud de Familia deben abrirse a la participación igualitaria de otros profesionales que le confieran la calidad esperada en la atención primaria, sin perder de vista los puntos de integridad, universalidad y equidad a que debe aspirar todo sistema de salud. Alegar falta de recursos financieros como argumento para no hacerlo, es aceptar la perpetuación de injusticias que manchan la sociedad en que vivimos.

Si no lo hicieren, los Programas de Salud de la Familia no pasarán de intentos de solución, de origen fuertemente corporativo, reservados a las fajas más pobres de la población, cumpliendo únicamente la finalidad de una política compensatoria que los organismos financieros internacionales recomiendan para los países de economía dependiente.

Presidentes de las Sociedades
de Pediatría del Cono Sur

Volumen 29 Número 2 Julio - Diciembre
2002